¿Cuántos besos caben en un secreto?

¿Qué significa escribir?

El pavimento sucio, con pétalos marchitos, me ha recordado a la luna cuando decidió recargarse en las estrellas. Estaba cansada de apiadarse del día, no porque creyera en las buenas acciones sino porque el cielo había dejado de escribir.

Ayer por la noche, como si anunciaran la llegada de los versos más bellos y transitara por los pasajes de la memoria, la luna miró a dos girasoles en agonía haciendo el amor sobre el pavimento, como recuerdo convertido en precipicio de quien se queda sin permanecer.

Sufrimos de la misma nostalgia. Ella y yo reconocíamos la tristeza que sentía el cabello cuando alguien lo ponía detrás de la oreja, y viajábamos desde la misma inmovilidad de los labios que esperaban ansiosos el primer beso. En ese viaje nos conocimos.

Fuimos grandes amigas, y pudimos haber sido grandes amantes, una madrugada tuve que dejarla, aún extraño su mirada reflejada en mi cara, cuando era plena e iluminaba los rincones del sigilo; extraño su energía y el insomnio que me dejaba después de encontramos en un tercer piso. Yo me fui primero, después ella se marchó más lejos. No hemos vuelto a hablar, con su recuerdo me dejó el amor absoluto y la beatitud de saberme eterna.

Dejamos de vernos un mes de mayo, mi columna vertebral fue el dibujo y marcó las líneas que separaron sus dedos del sueño, ese mismo mes comencé a escribir.

Poco a poco me fui olvidando de la luna. Ahora, puedo verla por las noches al alzar la mirada. No es la misma y yo soy otra; la recuerdo en melodías, pero mis compases ya no cambian de nota, con su partida me enamoré de las letras, aquellas que llegan a destiempo y permanecen más allá de la muerte.

Desde aquella primavera, no soy capaz de asumir el orden de la ausencia si se marchan mis letras. El paraíso es el fuego en el papel justo en el momento en que la tinta se hace ceniza, reseca mis ojos y no es posible parar las lágrimas que fluyen de mis dedos.

Escribir. Es el paso para aquel que desea ser otoño, con la intención de colarse en la memoria de las hojas que caen y se alejan con el viento, llevando en ellas paisajes inusitados, música que se escucha al leerlas. La escritura no es un cuerpo para no hacernos daño, es la esgrima de la vida misma.

No nos está permitido matar, pero sí olvidar entre comas que a veces se confunden con puntos suspensivos, porque no hay letras buenas o malas, son, y qué más da, se escribe para generar pulsiones que lleguen a otro e ir directo a la conjunción del alma, y de lo que se escribe.

No es enamorarse en versos una sola vez, es hacerlo cada vez. Para amar hay que despojarnos de nosotros mismos, para escribir no hay que ser los mismos. Es la única intimidad que acepta a un tercero.

No se puede escribir de la belleza, por eso no le escribí a la luna, hoy no le puedo escribir a mis letras; adjetivar la escritura no es posible. Si adjetivamos al amor, nunca llegaremos a amar. El amor es un absoluto incondicionado y no se puede cancelar el sentido de lo absoluto. Escribir es amor y amar es escribir.

Las letras están en mi propia piel. Son mi vestido. Las vivo porque son la totalidad del ser. El miedo se filtra a través de la poesía y la razón cae. Aquí no hay maniqueísmo, las letras son, y no pueden dejar de ser.

Hoy amanecí y la luna seguía ahí. A ella no le gusta llegar tarde a sus citas, pero retraso al sol para decir que no se puede extrañar lo que no se ha escrito.

 

Hoy, he comenzado a escribirle.

 


Imagen: Ana Hop

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