¿Cuántos besos caben en un secreto?

Katerina

La noche esta por caer y la muerte se ha convertido en poeta. Besos que nadie invito. Le he pedido al atardecer que me diga si has notado cuando te miro y si tú me miras también; pero solo he observado cómo se ha clavado en el pecho una pluma e intentado sacarse el corazón mientras sus lágrimas se pierden en sus tímpanos.

Se parece tanto a mí, pero sé que no soy yo porque ella murió en martes.

En casa el sonido de las teclas era insoportable, suspiraba con fastidio para que tú escucharas y me terminaba el whiskey de un solo trago; algún día hicimos lo imposible por amarnos pero es más fácil dejar de amar que seguir caminando entre las venas que han dejado de suministrarles sangre al sentimiento.

Leías las hojas arrugadas en el suelo, limpiabas el polvo de mi escritorio, rociabas colonia por la habitación y cantabas mi música clásica. Amaba con demencia, pero te odiaba cada que escribía tu nombre al final del poema.

Gritábamos letras, golpeábamos muros y sangraban nuestros nudillos, todo estaba jodido. Nuestros sueños acabaron cuando despertábamos en las noches y fue así que escribimos poemas, hicimos el amor sin denudarnos y bebimos vino como si fuera nuestra saliva. No fue suficiente escribirlo.

Pero después de todo, culpábamos a las letras, porque éramos infieles con ellas y nos reconciliábamos firmando pactos con la lengua, le arrancábamos al sillón el pasado antes de quitarnos la ropa, y éramos una película vieja llena de suspiros y gritos que humedecían las sábanas.

Ese día decidimos separarnos, pero ninguno dijo nada, escribimos en ayunas y cortamos la calle para que nadie pudiera entrar.

Te juro escribirte una canción porque ya no habrá lágrimas que nos hagan volver; he llamado a emergencias, hay un hombre acostado en el vientre de una mujer a la que le escurren letras del corazón, él se ha sacado los ojos, pero aún la puede mirar.

Se parece tanto a mí, pero sé que no soy yo porque murió en martes.

En casa el sonido de las teclas seguía siendo insoportable.

 


Imagen. Diane Arbus

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