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Diez con diecisiete

Yo no olvidaré las diez con 17 minutos, ni las miradas que hemos cruzado en la escalera; no le permitiré a la memoria que olvide tus palabras cuando la noche cae en tu mirada cansada, pidiendo a gritos sábanas que te hicieran soñar con los paisajes más bellos. No lavaré mi pensamiento y le diré a mis recuerdos que guarden tu silueta en la puerta y al aire que se colaba en tu cabello al caminar, les exigiré tu olor en las noches, antes de dormir y cuando me despierte en la madrugada por el agua que besa indecisa a mi ventana.

No dejaré de soñar y eso te lo prometo, porque hay guiños que engañan a las letras perdidas en metáforas y ojos que, aunque verdes por la primavera, son epítomes del otoño en los lunares en tu espalda. No mientas, no cautives en tus muñecas la locura de un pseudo poeta, porque es difícil regresar de lugares donde la risa es la bebida para embriagarse y abrir los ojos la única forma de encontrar los sueños en medio del insomnio.

Te he mentido como lo hacen los pájaros que dicen que han tocado las estrellas e insisten que la luna es un mensaje de media noche que el cielo le ha mandado al sol. Los colores de sus plumas nos han mentido, porque nadie les enseñó que, aunque los pensamientos en mi cabeza quieran volar y tocar a tu puerta, las palabras no tienen alas, sólo para huir a un destino donde estar contigo es un par de libros que sonríen frente a mí con la intención de ser leídos y la vida de un desconocido que habita en algún dedo de tu mano.

Podría gritar tan fuerte para que tu ventana pueda escucharme y en tus oídos la humedad susurrara mi nombre, pero al final solo me quedan letras que riman con el retraso que le provocas al amanecer, y una pluma que pretende columpiarse en las hojas de los sobres que guardas debajo de la cama, porque solo ahí los secretos pueden habitar sin ser descubiertos y saltan para despertarte, para quitarte el sueño y es por eso que culpas al amor de tu insomnio, de las noches que dibujan preguntas en el techo; pero déjame decirte que no es la noche ni el amor que escondes, son aquellas cartas que quieren salir, que vibran desesperadas para ver si alguien las encuentra y les limpia el olvido. Eres tú en mí, pero sin tantos besos.

Es cierto que tengo miedo y letras azules invaden la parte de mi mente que hacía que te recordara como el marrón en la memoria; mi cuerpo no deja de temblar como si estuvieras presente, hablando de poesía sin saber deletrear de mi nombre, creyendo que con desconocidos se puede hablar de las cosas que encerramos en marcos para no olvidar tan rápido. Y es por eso que te he mentido sin hacer caso a lo que dicen cuando eres niño, porque nunca te quise como creías que lo hacía, y me he reído entre sábanas junto con las mariposas que pintan mis tildes cuando debajo de las almohadas te imagino leyéndome.

Hoy voy a guardar amor en un sobre donde los recuerdos no vividos y aquellas cartas sin borrones ni tinta me han obligado a olvidarte; con mi lengua rozaré la comisura del papel como si el sabor del misterio estuviera ahí y sellaré tu nombre con puntos suspensivos en una eternidad tan larga que ni el corazón más cobarde se lo guardará en la bolsa del saco más viejo. Te he deseado tanto que le escribo a un beso no dado sin intención de borrarlo.

Pero en esta mentira he renunciado a tu amor, a las letras y a los latidos que dejan adolorido al pecho; algún día sabrás cómo te he mentido y entenderás que si te miraba no era por simple coincidencia; y tal vez ya no vuelvas a buscarme y yo prefiera no llamarte, pero por ahora permíteme olvidar lo que era el parpadeo de tus ojos en cámara lenta, cuando con prisa decías buenos días, el guiño de tu ojo derecho y el sonido de tu aroma en el vestido de una desconocida.

Te he mentido porque nunca te quise como creías, porque ya no me sirven tantas letras si al final mi insomnio las morderá hasta tragarse la tinta para que no te enteres de qué forma te he querido. Mis ojos también te han mentido, haciéndote creer que tu destiempo no ha marcado mi vida; porque te vas, tan tarde como tu llegada, dejando en mi memoria la sensación inconclusa de ser invierno.

Y te sonrío, aún estando tan cansada; y dejo de bañar a estas letras para que esta vez notes su olor y así aceleres el paso para ya no mentirte más. Pero de qué me sirven estas letras, llenas de tanta melancolía, si tus ojos distraídos no se quedan fijos en mi boca, de que me sirve el palpitar si interrumpe los versos de buenos días y recodarte no se parece al amor. Fingiré no tener tiempo.

Nunca aprenderé a dejarte ir.

Infierno.

 


Imagen: Ben Olivares

Un comentario sobre “Diez con diecisiete

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